EL COMPLEJO DE EDIPO EN LA NIÑA
Por Fernando Arrieta L.
En la etapa fálica hacia los 3 y medio años descubre que el niño posee
una “cosa” que ella no tiene (el pene), primero negara el hecho y después se mostrara
celosa, convencida de que si espera le crecerá y lo desea fervientemente. Ella
se siente desfavorecida y hace
responsable a su madre del hecho de su mutilación sexual, la envidia del pene
se convierte en el tema de sus fantasías masturbatorias fálicas. La niña pasa
habitualmente por un periodo de exhibicionismo como si el hecho de ser admirada
le permitiera identificarse con los que la miran. Si la niña exhibe “nada” lo
hace a manera de “negar que no tiene nada”. También en la niña se muestra una
culpabilidad que acompaña siempre a la angustia de castración fálica. El primer
factor de la angustia de castración será la usencia del pene identificado como
una castración ya realizada. En el caso de la niña es una mujer la que
representa el papel del rival adulto, la niña puede sin peligro para su
sexualidad identificarse con “la que no tiene pene”. A diferencia del varón en
la niña la angustia es peligrosa antes del Edipo ya que puede impedir al Edipo
instalarse normalmente y en el varón lo que impide es que se solvente. Cuando
la niña percibe su castración fálica, catectiza a su madre de una recrudescencia
de libido pasiva, para captar su ternura, utilizando una mayor parte de la
libido agresiva sublimada en la conquista de los conocimientos de las personas
mayores. Pero la niña al darse cuenta que la espera por su pene no ha dado
frutos y que la madre no le otorga el regalo pedido y también ella carece de
este, descubre que tiene que renunciar a él para siempre, esta realidad viene a
contradecir las fantasías masturbatorias clitorídeas, ya que la excitación del
clítoris solo proporciona desilusiones; el retiro de catexis de la zona erógena
fálica no puede realizarse en la niña sin compensación, de tal manera que el
abandono de la masturbación clitoridea
se ve acompañado de un desplazamiento hacia el rostro y el cuerpo
entero, aparece el gusto por el adorno, el peinado, las joyas etc. Este deseo
de gustar le satisface su amor propio permitiéndole renunciar a las
prerrogativas fálicas y reconciliándola con el sexo masculino, recupera la
confianza en sí misma, y trata de conquistarlos, es curioso que sea debido a la
envidia del pene que ella se dirige a los hombres para captar su admiración.
La madre castrada como ella ya no es temible, la intensa culpa que podía
despertar en ella ha perdido su carácter doloroso y angustiante. Es muy
importante que la niña se resigne a dar por perdidas sus fantasías clitorídeas
y las ambiciones fálicas que ocultan, y que admita sin amargura el no ser un
varón. El conflicto seria de no ser así el reprimir, mediante las prohibiciones
del superyó, la sexualidad fálica por lo que la libido se vería obligada a
regresar y a tomar actitudes erógenas y afectivas anteriores, de lo que
surgirán trastornos de carácter.

Poco después la niña descubrirá la excitación de los pezones, cuando la
masturbación genital no ha sido prohibida desplaza la envidia del pene hacia la
envidia de tener unos senos como los de su madre para gustarse a sí misma. En los casos en los que la zona vaginal
erógena se convierte en el centro de las emociones libidinales de la niña
(acompañadas de las fantasías edípicas)
estaremos entonces frente a un desarrollo afectivo y cultural próspero.
La niña continúa tratando cada vez más de identificarse con la madre; la identificación
por ambición, que no está matizada por fantasías fálicas sino por fantasías de ambición
femenina, se convierte en fuente de alegría y no de culpa. El hecho de retirar
la catexis libidinal de la madre no está todavía acompañado de agresividad (la
niña se muestra menos sensibilizada a todo lo que dice y hace su madre que a lo
proveniente del padre). Las pulsiones agresivas
sublimadas serán usadas todas, y sus pulsiones pasivas ayudaran a su deseo de
complacer y seducir a los adultos fuertes que pueden protegerla (en especial a
los hombres). El medio por el que realizara esta seducción del padre es halagándolo y luchando contra su madre y
contra los niños, se vuelve entonces orgullosa de su sexo al pensar que el
padre la prefiere.
Las fantasías lúdicas femeninas vaginales influyen en el juego de
muñecas (aprox. a los 5 años, le gusta tener solamente una o dos muñecas)
proyectando hacia ellas su sentimientos de culpa liberándose de pulsiones
agresivas que su yo no pude tolerar, empieza a construir su superyó que “habla”
como la madre, pero cuya severidad es solo el reflejo de la agresividad
interior de la niña. La niña se vuelve cada día mas coqueta con su padre,
declara abiertamente que él es su marido y que tendrán hijos. Pero la realidad
presente es que la madre es la esposa de papá y la niña es visiblemente
inferior a ella. El complejo de Edipo es menos dramático en la niña que en el
niño, pues si bien en la niña la
hostilidad para con la madre es grande, es más sorda. La niña tiene fantasias
en las que mata a la madre y hay conflictos familiares en los que se muestra impertinente
y trata de culpar a la madre ante los ojos del padre, actitudes y fantasías
similares a las del niño. Frecuentemente llega a renunciar a la rivalidad edípica
antes del periodo de latencia, sin que se pueda realmente decir que por ello ha
solucionado ya su complejo de Edipo. Cuando el padre no es neurótico y es
tierno con su hija esto bastara para la felicidad de ella, al menos hasta la
pubertad y facilitara sus buenas relaciones sociales con los niños de su edad. Es
en este momento solamente cuando se
anuncian conflictos edípicos un poco más marcados, aun en el caso de que el
padre estimule a su hija a procurarse amistades entre los muchachos y no este
celoso de ellos, la niña pasara insensiblemente de su padre a su sustituto amoroso , el hombre joven. Ella
liquidara entonces su complejo de Edipo, sin jamás sufrir por ello una gran
angustia, ya que protegida por su padre, la niña ya no teme no hacer caso de
los obstáculos que su madre podría interponer en el camino de su vida sexual
genital.
Una situación particular por el sexo de la niña es descubrir el
misterio de nacimiento, con el que se inquieta y tiene miedo por el sufrimiento
que puede traer consigo, esta es la segunda fase del complejo de castración en
la niña, la angustia de castración vaginal (víscero-vaginal). Si la madre
permite a su hija independizarse las cosas resultan bien, pero si no lo
hace destruye la confianza que la niña
necesita tener en sí misma, por lo tanto los sentimientos de culpa
inconscientes respecto de su madre empujan a la niña a presentar un complejo de
castración vaginal patológica. Puede operarse una regresión libidinal, pero la
niña puede luchar con dicha castración, mediante el renunciamiento a su
narcisismo femenino normal o por la proyección de la agresividad contra su
madre. En los casos menos graves donde no ha habido regresión fuerte sino solo
represión exterior soportada pacientemente, la joven en el momento de ser
cortejada retomara su desarrollo justo donde se quedó.
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