¿Estamos haciendo del embarazo adolescente un protocolo
social?
Por Fernando A. L.
El embarazo adolescente, en por ejemplo, comunidades rurales
en México, se encuentra permeado por las líneas de comportamiento tradicionales
y de usos y costumbres, además de que hasta hace poco tiempo (1999) el
desarrollo en la vida de una mujer y de un hombre en estas comunidades saltaba
de la pubertad a la vida conyugal, el establecimiento de la jerarquía mayor o
menor de las mujeres dentro del grupo dependiendo de su maternidad hacía que el
ser madre fuera un proceso casi deseable, si no es que inevitable. Comenzaban a
integrarse rasgos sociales muy específicos, como el rol de la mujer (especifico
de madre-criadora y ama de casa) y el del hombre (proveedor y cuidador), así
como la diferencia en la instrucción y el nivel académico mayor para los
varones. También la opinión y la aprobación social que veía como algo negativo
e incluso a ser sancionado el embarazo fuera del matrimonio, pero también el
embarazo tardío, el matrimonio tardío y sobretodo la soltería (después de
cierta edad). Los usos y costumbres marcan en estas comunidades una línea recta
de comportamiento para las mujeres, cuyo valor se recarga si no en su totalidad
si en gran medida en su carácter reproductivo y su maternidad. (Sara Ruiz,
2001).
¿No intentamos marcar esta línea también en la sociedad
urbana? No busco ofrecer una perspectiva pancultural, de hecho estas comunidades,
si bien han ido “urbanizándose”, también han conservado una gran cantidad de
tradiciones propias que no aplican en otros estratos sociales, sobre todo en
los urbanos. Pero quisiera llamar la atención hacia algo que me parecen
afinidades culturales.
La sociedad urbana, identifica el embarazo adolescente como
una situación fuera de la norma, y si bien en términos estadísticos así es (INEGI,
2001), la respuesta a este embarazo “no planeado” por parte de los padres,
madres y la familia de ambos, aún sigue una línea comportamental marcada por el
“visto bueno” social, como primer efecto tenemos la recurrencia a llevar a término
dicho embarazo, si bien han aumentado las cifras de interrupciones legales del
embarazo, aun permea la idea de la “maternidad asumida”.

Si retrocedemos un poco, tenemos dos líneas de presión social,
en las que es mal visto, sobre todo en grupos sociales de referencia (amigos
y/o escuela) el inicio tardío de la vida sexual en ambos sexos. Y por otro lado
encontramos el rol de género, en el que comportamientos irresponsables son
fomentados por el machismo, cuando se inicia la vida sexual, el uso de anticonceptivos
se ve como un intento arcaico de libertad feminista y por ende es criticado, y
la presión para tener relaciones sexuales, así como para que estas se den sin
preservativos o anticonceptivos de por medio, son incluso señalizaciones de
violencia en el noviazgo, por tanto encontramos una recurrencia alta en este
sentido.
Ahora, si avanzamos un poco, la línea social también marca
un estilo de comportamiento para tener y cuidar del bebé, y para
responsabilizarse por dicho embarazo. El hombre hoy en dia quizá ya no es bien
visto si “deja” a una mujer embarazada, es decir, si luego de procrear con una
mujer no contrae el compromiso social de su paternidad, ni económica ni
emocionalmente. Pero aun así le está permitido, con escasa presión social. No
solo sin un detrimento real en, por ejemplo, su imagen como hombre, sino con un
acuerdo de conveniencia social, entendiendo los sacrificios que tendrá que
hacer en su vida académica y en su vida social, como algo insostenible. Sin
embargo la mujer, hoy en día no solo es criticada si decide “dejar” su embarazo
o al producto de este, ya sea con métodos de adopción, interrupción legal del
embarazo o maternidad compartida1; es estigmatizada, señalada por
irresponsable si decide interrumpirlo o como inescrupulosa si decide darlo en
adopción, se asume pues que con el embarazo llega para ella, el abandono de su
vida social en gran medida, de su vida académica y el inicio de su obligación económica
si es que no hay un padre responsable (agregado que incluso en las comunidades
sociales no se presenta).

En conclusión, el embarazo adolescente esta mitificado y más
allá de obviar los planos de prevención hay que hacer hincapié en que seguirá ocurriendo,
si bien disminuirá su prevalencia si dichas medidas van dando resultados. ¿Cómo
le haremos frente a las excepciones? ¿Seguiremos fomentando el dogma
comportamental en las chicas y los chicos que resultan embarazados? O
pugnaremos no solamente por un sentido más justo en el respaldo de las
responsabilidades y obligaciones que con la paternidad y la maternidad temprana
se adquieren de parte de ambos progenitores. Podremos entonces dejar buscar
generalizar las posibles respuestas ante tal eventualidad, la interrupción
legal, la parentalidad distante, indiferente o compartida o la adopción sin
estigmatizarlas. Dándole a cada una un contexto individual y distintivo, sin
caer en los usos y costumbres de una comunidad que no somos, de una línea cultural
que hoy en día se divide en muchas ramificaciones que han de ser tomadas en
cuenta, si se busca evitar protocolizar la respuesta ante el embarazo
adolescente.
1.-
La maternidad compartida es una forma especial
de crianza frecuente en nuestro medio en la cual las funciones maternas son
compartidas entre la madre natural y otra mujer generalmente del círculo
familiar y que suele ser la abuela, una tía o incluso la hermana mayor del
niño. (García C. Emilia, 1992)
Referencias
- >
Ruiz Vallejo, Sara. (2001) El embarazo en la Adolescencia. Facultad de Psicologia de Jalpa,
Revista SEPSY. Año 4 Num. 2. P.p. 31-38
- >
Instituto Nacional de Estadistica, Geografia e
Informatica, (2001) Sistema de
indicadores para el seguimiento de la Situacion de la Mujer en Mexico,
SISESIM, Pag. Web.
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