LA INMEDIATEZ
La cultura de la inmediatez
Artículo recopilado por Cinthya Trejo Z.
Autor Irene Orce
Publicado el 27 de octubre de 2014
El tiempo es nuestro mayor tesoro. No en vano, lo que
hacemos con él, en qué lo invertimos y a qué lo dedicamos define
nuestra existencia. Lamentablemente, se trata de un bien limitado. De ahí que resulte
tan precioso. Y que seamos especialmente cuidadosos y selectivos en nuestro
intento por aprovecharlo al máximo. Pero este afán por no perder ni un solo segundo acarrea no
pocos efectos secundarios. Entre ellos, destacan la prisa y la impaciencia, dos
palabras que protagonizan la vida diaria de miles de personas.
La prisa rige nuestra vida con mano de hierro. Nos impone
la presión de que todo se debe hacer de una determinada manera y en
un limitado marco de tiempo. Bajo su embrujo, las horas del día parecen no
ser suficientes para cumplir con nuestras obligaciones laborales y nuestras
responsabilidades familiares. Su único objetivo es transformar nuestra existencia
en una carrera de máxima velocidad sin tregua ni fin. Al igual que un virus,
resulta extremadamente contagiosa y de lo más dañina. Por si
fuera poco, suele ir de la mano de la tóxica impaciencia. Un
veneno que resulta letal para nuestro bienestar, nuestra capacidad de
relativizar y nuestro buen humor. Bajo su influencia, perseguimos la
gratificación instantánea sin tener en cuenta las repercusiones que ello puede
tener sobre los demás y sobre nuestra propia vida. Cuando cedemos a sus
dictados buscamos resultados inmediatos, y perdemos interés en
esforzarnos para conseguir metas a largo plazo.
Ambas limitan sobremanera nuestra tolerancia a la frustración. Y nos
llevan a la reactividad y a la precipitación, convirtiéndonos en
esclavos de la insatisfacción, el estrés y la ansiedad. La presión y la sensación de agobio
nos hacen tomar decisiones con el piloto automático, sin tiempo para
planificar o prever. Al final de la jornada estamos agotados y sin una pizca
deenergía. Un día más apagando fuegos con la prisa en los talones. Como
consecuencia de esta cultura de la inmediatez, abocada al ‘hacer’ y al ‘tener’, apenas nos
queda tiempo para ‘ser’. Y esta realidad todavía se ve más acentuada
debido al avance imparable de las nuevas tecnologías y la presencia de
las pantallas como un nuevo elemento indispensable en nuestra vida. Cada vez
estamos más enchufados a una realidad virtual en la que nuestros
deseos de inmediatez se multiplican. Y lo cierto es que ya nadie pone en duda
de que esta actividad frenética merma nuestra salud física y emocional. Tal
vez sea el momento de cuestionar la premisa generalizada de que la prisa y la
impaciencia ayudan de algún modo a obtener mejores resultados en menos tiempo.
Las ventajas de saber esperar
“Lo que causa malestar
es estar en el presente queriendo estar en el futuro”, Eckart Tolle
Vivimos tan absorbidos por nuestros hábitos que en
contadas ocasiones nos permitimos cuestionarlos. Pero lo que pone de manifiesto
el aburrimiento, la impaciencia y la necesidad de tenerlo todo ‘para
antesdeayer’ es nuestra desconexión interna. En este
contexto, el concepto ‘esperar’ adquiere una connotación negativa, vinculada
a momentos irritantes, de exasperación y desesperación. De ahí nuestra
tendencia a huir del momento presente. Sin embargo, la ‘espera’ es la que
nos acompaña durante toda transición. Podemos vivirla
como un tormento o tratar de gestionarla de la manera más efectiva posible. Y
eso supone aprender a apreciar la oportunidad que nos brinda: dejar de vivir
como víctimas de nuestros impulsos y empezar a cultivar la
constancia y la paciencia.

Esta es la lección que aprendió un grupo de niños tras
participar en un experimento realizado por la Universidad de Stanford, liderado
por el Dr. Walter Mischel en la década de los 60 y los 70. Conocida como la prueba
de los ‘marshmallows’ (nubes de malvavisco), consistía en dejar a
un niño solo en una habitación, sentado ante una
de estas chucherías. Al pequeño se le advertía de que, si esperaba
15 minutos, podría comerse no sólo la golosina que tenía delante, sino otra
más. Si no
esperaba el tiempo suficiente, sólo podía degustar uno de estos dulces. Existen varias
grabaciones de este estudio, que reflejan la lucha interna de los pequeños ante la
certeza de una gratificación instantánea y la promesa de una gratificación mayor. Con este
estudio, Mischel y su equipo definieron un marco de referencia para calificar
la capacidad del ser humano de postergar la satisfacción.
Se trata de lo que el propio Mischel denominó el sistema “frío y caliente”, que
pretende definir por qué la fuerza de voluntad triunfa o fracasa. Según Mischel,
nuestra mente opera en dos frecuencias. La fría es lenta y
consciente, permite el establecimiento de objetivos a largo plazo. La caliente
es apasionada, instintiva y emocional, y se caracteriza por sus respuestas
automáticas y rápidas ante estímulos como los mismos ‘marshmallows’, sin tener
en cuenta las repercusiones a largo plazo. Cuando la fuerza de voluntad
flaquea, la exposición al estímulo caliente sobrepasa al frío y conduce a las
acciones impulsivas y a las consecuencias desmedidas, según afirma
Mischel. Treinta años más tarde, el equipo de Mischel realizó un
seguimiento de los niños que años atrás habían participado en el experimento. De esta forma,
constataron que los pequeños que lograron esperar y disfrutar así de su doble
premio contaban con más fuerza de voluntad y mejores recursos de gestión emocional,
lo que más adelante les ayudaría a vivir una vida más plena y
satisfactoria.
Si bien hay caracteres más proclives a operar
en una frecuencia “fría” o en una “caliente”, la fuerza de voluntad es un músculo que se puede
entrenar. Es lo que nos permite romper nuestros hábitos y ganar en
perspectiva. Si a lo largo de nuestra vida siempre escogiéramos el ‘marshmallow’, que sirve
como ejemplo de todo aquello accesible, cómodo, fácil y seguro,
nos perderíamos la oportunidad de obtener una recompensa mucho mayor.
La satisfacción profunda y auténtica que nace del esfuerzo, la constancia y la
consecución de nuestras metas, sueños y objetivos a
largo plazo. Pero la tentación de la golosina a veces resulta irresistible, y una vez
nos vemos atrapados por la inercia de la prisa y la impaciencia resulta muy difícil escapar.
Y en el proceso, nos perdemos muchísimas cosas. Es como ir de excursión a la montaña y mantener
los ojos siempre fijos en la tierra del camino. Llegaremos a nuestro destino,
pero no habremos disfrutado de la belleza del paisaje durante el trayecto. A
menudo olvidamos que la espera puede resultar dulce, y cuenta con su propio
paquete de beneficios. Incluso logra hacernos valorar más cuando llega el
momento deseado.

El arte de la paciencia
“Si he hecho
descubrimientos valiosos ha sido por tener más paciencia que
cualquier otro talento”, Isaac Newton
Al no dedicarnos tiempo a nosotros mismos, no nos damos la
oportunidad de asumir y asentar la gran cantidad de experiencias que acumulamos
cada día. Romper este círculo vicioso pasa por cuestionar nuestra
necesidad de tenerlo todo cuanto antes, y en abarcar el máximo de
actividades posibles en el mínimo espacio de tiempo. Tal vez nos ayude preguntarnos: ¿Qué le falta a
este momento para que sea completo? Y ¿De qué sirve correr más rápido si
estamos en la carretera equivocada? Si nuestro objetivo último es ‘no perder el
tiempo’, ¿qué ganamos dedicándolo a quejarnos por lo lento que va todo, o a
verbalizar nuestro malestar a diestro y siniestro? “Date prisa, que
llegamos tarde”. “Lo necesito para ahora mismo”. “No soporto
que me hagan esperar”… Lo cierto es que la prisa y la impaciencia no sirven para
nada. Las cosas van a seguir yendo a su ritmo, por más que tratemos de que
se adapten a nuestro exigente guión, marcado por la cultura de la inmediatez.
De ahí la importancia de cultivar el arte perdido de la
paciencia. Cada vez que nos sentimos impacientes, ocasionándonos
malestar, estamos dando por hecho que nuestra felicidad no se encuentra en este
preciso momento. Esta sensación actúa como un indicador que nos avisa de que no estamos a gusto
con nosotros mismos. Si lo estuviéramos, no tendríamos ningunaprisa en
que cualquier otra persona, cosa o situación avanzara a una
velocidad mayor de la que lo está haciendo. Seríamos conscientes de
que esa actitud no sirve para acelerar el ritmo de lo que nos sucede. Eso sí, adoptar
esta actitud más constructiva es necesario que nos recordemos de vez en
cuando que todos los procesos que conforman nuestra vida tienen su particular
tempo. Y que todo lo que necesitamos para ser felices se encuentra en este
preciso instante y en este preciso lugar.
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